18 de setembre de 2014

Confuron-Cotetidot: Borgoña en esencia.


Hace ya unas semanas, tuvimos la oportunidad de visitar la Borgoña y a algunos de los vignerons más reseñables dentro del mundillo del vino. De todos los que visitamos: Mugnier, Jobard, Rousseau, Confuron Cotetidot, Regis Rossignol o Derain, entre otros, comentaremos aquellos que nos resultaron más carismáticos (y mejores) en nuestra humilde opinión. En esta primera parte le toca el turno a Yves Confuron, un mago del savoir faire con la pinot y un enorme anfitrión para sus invitados.
No sólo pudimos probar prácticamente todos los vinos que elabora en su bodega de Vosne Romanee (incluidos el Echézeaux, Les Suchots o  su impresionante Mazis), también nos invitó a cenar en su casa donde, de cuando en cuando, desaparecía para acto seguido regresar con alguna botella sin etiquetar. Y qué botellas! Todas gustaron mucho, era imposible quedar indeferente ante semejantes obras de arte.
Los vinos de Yves, catados directamente de la barrica, tienen un ataque bestial, que a priori no deja indiferente a nadie. Tal vez esté relacionado con las largas maceraciones, sin despalillar, que practica, llegando hasta los 30 días, incluso más en alguna ocasión. La uva no se despalilla, sencillamente, porque el domaine carece de despalilladora(y tampoco tienen ningún interés en tenerla, claro está).
En fin, esa sensación "indomable" que ofrece la barrica desaparece completamente cuando se prueba de la botella a su debido tiempo. Fue tal la diferencia que todos nos quedamos impresionados con los vinos que fuimos catando durante la cena. Y con la cena que nos preparó el anfitrión, tremenda. La primera de las botellas que Yves bajó a buscar fue un Gevrey Chambertin 2007 que estaba fino fino, a pedir de boca. Pudimos compararlo, acto seguido, con otro Gevrey Chambertin 1996, corroborando que los años no hacen más que pulirlos al detalle. Si pensábamos, desconcertados, que aquellos vinos indomables de la barrica se habían convertido en un ensamblaje perfecto en la botella, nos quedamos muy cortos cuando vimos aparecer a nuestro anfitrión con otro Gevrey, esta vez de la añada mítica de 1990. Y tan mítica. Qué nervio, qué juventud, qué todo! No podíamos hacer otra cosa más que alucinar con lo que probamos. Cerró la cena con otro Gevrey Chambertin 1er Cru Petite-Chapelle 2008, que nos dejó también boquiabiertos. Acidez, verticalidad y profundidad son la trinidad que define su trabajo, sus vinos. Una experiencia y una oportunidad increíble, probar, conversar y escuchar las explicaciones de Yves Confuron. 

Santé!

Pd: la cena no hubiera sido una genialidad sin la compañía, gracias a Joan y Josep Anguera, a Carme Garcia y a Joan València. Sou uns cracks nois!

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