22 de juliol de 2010

Casa Montaña o cómo malhumorarse cuando vas de tapas...

Bueno, era otra de tantas veces que habíamos elegido esta bodega-restaurante del Cabanyal para picar/cenar y tomarnos unos vinos. La fama que tiene Casa Montaña es de sobra conocida en toda la ciudad de València, no en balde lleva años y años en el negocio de la restauración. Pues bien, ayer fue un día funesto, para un servidor, en lo que a la elección del sitio para cenar se refiere.

Como de costumbre, el local, a las nueve y media, estaba a tope y una camarera muy acalorada (el bochorno de València en verano, ya se sabe) nos apuntó en la lista de espera pues no habíamos reservado. Para paliar la espera pedimos un par de cañas, no sin antes avisar a la camarera de que queríamos las cañas un poco más grandes que las que acababa de sacar a unos chicos que también esperaban, pues nos parecieron poco más grandes que un chupito doble o un tubo de ensayo. Antes las cañas eran más generosas. En fin.

Cuando entramos, pasados 20 minutos, nos acomodamos en unos taburetes justo en la esquina al lado de la puerta. Bien, empieza la fiesta. En primer lugar, estábamos eligiendo platos mientras un servidor buscaba el vino adecuado a nuestra elección cuando la camarera, muy insistente y acalorada, nos presionaba para que tomásemos una decisión rápida. ¿Y esto?. No era porque tuviera recelo por saber que íbamos a comer, más bien era que necesitaba la carta de vinos para otra mesa pues nos comentó que sólo tenían un par de cartas para todo el restaurante porque estaban en proceso de cambio. Inaudito. ¿Esto no era una Bodega-restaurante?. En fin, si hubiese sido lo único, ya está bien, pero no, no iba a ser un suceso aislado. Seguimos. Al preguntarnos y tomarnos nota le comento que habíamos elegido para beber La Calma, un chenin blanc de Can Ràfols del Caus, un vino bastante interesante cuando no curioso. La camarera muy acalorada me dice que no tienen cosas que no estén en la carta, por lo que le comento que era uno de las primeras referencias de la carta de blancos. Como ya me había retirado la carta de vinos de las manos no tuve opción de echar otra ojeada para cambiar de vino en caso de no haber existencias(en las que no había, ponía agotado al lado). No era el caso de nuestra elección. De cualquier modo, le dije amablemente, que si no había podía traer Belondrade 2008, pero sólo en caso de que no hubiera. Sin la carta entre manos, ya no podíamos hacer otra cosa. La cuestión es que nos apareció en el acto con una botella de Belondrade y dos copas, sin tan siquiera decirnos que no había el vino que habíamos elegido. Dejó de malas maneras las copas (unas copas de Rona bastante acertadas, menos mal) y el vino sobre la barra y ni rastro de una cubitera hasta pasados 20 minutos.

Llegan los platos, Habitas baby con jamón, ajoarriero, media docena de sardinas y 2 montaditos de brandada de bacalao. Las sardinas (muy frescas y de buen tamaño) y los montaditos muy bien, sin secretos, pero muy bien. El ajoarriero lo deben hacer para llevárselo ellos mismos a casa con recelo porque cada vez que vamos ponen menos, en un platillo oblongo que ya es de por sí pequeño. En cuanto a las habitas baby con jamón invisible, ¿qué decir?, esto de la cocina molecular donde juegan con los ingredientes hasta eliminarlos del plato debe ser para postmodernos porque un servidor no acaba de cogerle el punto. Cosas de uno.
Hablemos del servicio. El vino te lo pones tú mismo desde el primer momento, sin pie a probarlo previamente, no sea caso que esté infectado de TCA y te quejes (tuvimos suerte). Filosofía Do It Yourself. Para postmodernos, lo que decíamos antes. Los platos aterrizan en la barra como lo haría un freesbe en la playa, la pregunta es ¿camareros o transportistas?. Con permiso de Gracita Morales, "hay que ver cómo está el servicio".
Terminamos pidiendo un postre, pastel ruso (excesiva mantequilla en la crema de avellanas), y una copita de un pinot gris tardío, no muy reseñable. Sin cafés. Café y malhumor no combinan.

En definitiva, la comida escasa y el precio de la tapa elevado. Ej: una gilda (anchoa pinchada con una guindilla verde en vinagre y una aceituna) 2,85€!! He querido pensar que era una anchoa del cantábrico, doble cero y depilada. De otro modo sería injustificable. La minuta nos salió por unos 70€.
Siento realmente decir que ya no volveré más. El trato de cualquier manera. Si los/as camareros/as no son suficientes y el local está a tope, se contrata a más personal o se quitan mesas. Todo no puede ser. La carta de vinos es reseñable a todas luces, y a unos precios muy correctos, pero siempre hay alguna tecla y faltan muchas referencias, síntoma de que no se revisa con asiduidad, algo intolerable para un sitio que pretende dar una imagen de local especializado. Menos pretensiones, para tan larga carta, y más personal especializado y con más conocimiento de la materia. Ahí queda.

Roger

Nota: la foto es del blog de pisto y no pisto.